Robinson Crusoe en la ciudad / Marcelo Fagiano

Cuando la soledad de Robinson
me asalta en la voz de un loro de ciudad
y esas palabras de incierta magia
repiten con papagaya vocación:
"¡qué solo estás!" "¡qué solo estás!"
dejo la isla de mi casa
y me interno en el mar de las calles
para olvidar que ayer
cargaste en tu valija con la mitad de mi corazón;
ese corazón que lame, furioso
los postigos de la noche
con el propósito de inventarse vivo.

"¡Qué solo estás!" "¡Qué solo estás!"
escucho repetir sobre mi hombro
al loro del recuerdo, mientras me hundo
en el alcohol del primer puerto
como si ese líquido pudiera disolver
la zona del cerebro
en que te has sentado para siempre.

"¡Qué solo estás!" "¡Qué solo estás!"
repite la verde voz
en el alta mar de una noche
en que no encuentro la manera de naufragar
-con toda la vitalidad del primer Robinson.-
en la isla de tus brazos.


Marcelo Fagiano 

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