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Como piedras / Eduardo Dalter



Como piedras del borde
       del camino,
el sentido común se
       viene
abajo, entre la confusión
       y la arenilla.
A toda hora, lentamente,
       se va borrando
un tramo del sendero
       y queda flotando
en retazos la memoria.
       Donde había
una esquina, sólo queda
       un árbol
seco, de gruesas raíces
       a la vista.
Y se afirma un baldío
       de nadie,
más allá de la estadística
       y el sueño.
Hay un nuevo sentido,
       o metasentido,
que va enhebrando el
       carácter
procaz y disperso de las
       cosas.




Eduardo Dalter



Club de leones / Eduardo Dalter

No hay nada mejor que hablar
       de historia
(o de mercado) y prometer el
       oro y el moro
para abrirse paso entre los
       tigres.
Nada hay más efectivo en
       estas lides,
además, que estar siempre a
       resguardo,
listo y afilado. Aunque, está
       visto,
la gente olvida; protesta en
       un principio,
pero olvida, luego olvida.
       Al fin,
la historia, con uno u otro
       trámite, 
es lo que uno quiere que
       sea
o que diga. La chusma está
       lejos,
siempre estará lejos, de
       esta selva
dorada, que es como una
       tierra prometida.



Eduardo Dalter

Noticias de la cuadra / Eduardo Dalter

Entre cascotazos, empujones,
       salivazos,
y vastos terrenos poceados o
       escarpados,
los vecinos prefieren,
       mientras
tanto, no hablar de economía
       ni política
en el barrio; eligen esos
       temas
cortantes,  sucios o espinosos
       puertas
hacia adentro, o entre
       íntimos.
Nadie quiere correr el riesgo
       inútil,
y así reinan la neblina y el
       atajo.
La diplomacia, como puede
       verse,
fue desalojada de sus
       ámbitos
corrientes, y la receta rápida
       cunde
hacia abajo. La brega por el
       poder
(lejana de sudores y de
       lágrimas)
es un baldío ciego, con
       abrojos,
y el que viene de abajo pisa
       barro.





Eduardo Dalter

El hombre de bolso al hombro / Eduardo Dalter




El hombre de bolso al hombro que va
en el estribo,
agarrado como puede, y ve pasar las
vías
velozmente, con sólo abrir su mano
llegaría
no a la próxima estación sino al otro
mundo,
el mundo ciego que lo mira, en la
mañana
temprano, casi noche, y en la tarde.
Pero
él sigue, y el país sigue, en el férreo
estribo
de estos años, entre señales y señales,
soberbias
y soberbias, canciones y canciones,
esperando
que no llueva ni truene, y en llegar a
la estación,
aunque con una tristeza que, a fuerza
de sola costumbre,
ya es casi una alegría que merece un
festejo.



Eduardo Dalter

Junto a la ventana / Eduardo Dalter


                                                                                                    
A Eduardo Francisco, que también miraba
Estaba junto a la ventana del bar, tomando café con un amigo, cuando de pronto, en medio de la charla, surgió el tema del futuro, que es, hoy por hoy, un tema del que nadie dice mucho.

Por otra parte, nadie da fe de lo que escucha cuando se trata el tema. Es como si la cuestión de la que se habla derivara en bueyes perdidos o en imaginerías sujetas con piolín.

Más: acerca del futuro, los jóvenes creen estar escuchando frases de clisé, y no es extraño que bostecen, se distraigan, o sientan otra vez que se está abusando de sus años.

Y tienen razón, porque el futuro ya pasó, o está terminando de pasar. Aquel pasado de entreguerra, y de la larga guerra fría, tenía un futuro, por cierto, que ya se concretó.

Hace 50 años, recuerdo, el futuro eran los robots, la computadora, los viajes al espacio, y una tecnología que iba a hacer posible que cada hombre trabajara sólo unas pocas horas al día.

Eso se decía, se escuchaba. Y la gente que podía ahorraba pensando en su futuro, aunque fueran monedas o sueños, porque había que estar preparado para esos tiempos anunciados.

Pero este presente aún no tiene futuro; hay que crearlo o no, aunque, por ser tan precaria su base, y estar tan desacreditado, no ofrece alguna posibilidad que se vislumbre.

Por otra parte, el mundo, la humanidad, no pueden hoy creer que el descaro tenga algún futuro a favor que no sea él mismo en su precariedad y en su pozo.

Además, la geopolítica, con sus misiles, y la economía, con su rapiña, no ofrecen otro horizonte, como para extender un crédito que no tenga las horas contadas y el aire escaso.

Lo que conocemos hoy son los restos y el reflejo de un futuro que ya se consumó, de un presente que alguna vez supo creer, e imaginar, acaso con alguna ligereza.

Este presente, le dije a mi amigo, así como se ve, aún no tiene futuro; sólo tiene semana que viene, o  mes que viene, y techo bajo, muy bajo, piso incierto, y no se sabe bien adónde va.

Al futuro de este presente, o del que venga, hay que inventarlo; y no sé, no puedo saber, dadas las cosas, si será posible, o será creíble, en medio de este viento oscuro.

Queda por inventar primero un presente, hoy o mañana, que pueda sostener en sus horas una confianza, un brote, algún espejo. Mientras tanto, “es lo que hay”, dicen algunos, y ya sin más.    

Eduardo Dalter (Buenos Aires, 1947)